martes, 10 de mayo de 2011

Eternos en el tiempo

Sophie, era una niña dulce y tierna que tenía la sonrisa más hermosa que jamás el mundo había descubierto. Se levantaba cada mañana y veía los dibujos mientras llenaba su estómago con un azucarado vaso de leche y galletas María. En las calurosas tardes de verano intentaba dormir la siesta pero ante una negada respuesta se ponía su ropa de la playa y se marchaba a darse un baño.
Sophie crecía mientras la lluvia, la nieve y el sol caían sobre su rebelde melena. Cada día dejaba un segundo de ser niña para ser un segundo más mayor.
Sophie peinaba sus muñecas y les pintaba los brazos. Sophie hablaba con ellas en un intento de que éstas le contestaran pero jamás escucho más sonido que el silencio.


Sophie creció con el vacío en sus pupilas, esperando …
Sophie se convirtió en una jovencita resultona. Llamaba mucho la atención por la forma y el color de sus ojos carentes de asonancias. Por las noches tenía la costumbre de seguir observando a sus muñecas. Ellas continuaban en aquel lugar, intactas, llenas de pintadas y con una fina capa de polvo envolviendo sus vestidos.
Sophie siguió creciendo en aquella habitación, frente aquellas muñecas que durante tanto tiempo habían permanecido calladas.  Un día Sophie se cansó de esperar y dejó de un lado toda esperanza. Tiró las muñecas y comenzó a caminar sola por el mundo.
Lo que Sophie no sabía es que dentro de ella, muy dentro, una luz azul llena de vida latía al compás de su pensamiento. La joven Sophie…tan frágil… qué ingenua, no sabía que podía ver el futuro, no lo sabía.
Una sombra se vislumbraba por el horizonte, la tarde caía sobre su ser, el calor quemaba sus pies y el sudor inundaba su piel. Sophie temblaba, quería desaparecer, tenía miedo y a su vez el miedo huía de ella. El recuerdo de sus tímidas muñecas inundaba su mente y un presente lleno de futuro inundaba su corazón. Sophie al fin había encontrado lo que siempre buscó, unos oídos que guardasen sus secretos, unas manos que rozasen las suyas, unos ojos que mirar, unas huellas que seguir y cuidar, pero sobre todo, la ausencia del silencio.
El mundo te trajo hasta mí suave como la brisa costera. Un y un yo eternos en el tiempo.


[Fotografiada tomada de Google]

domingo, 1 de mayo de 2011

Las musas de Eva

Hace dieciséis días que no te miro a los ojos, que no oigo tu voz, que no disfruto de tu ternura, que no me das opción a decirte lo orgullosa que estoy por cada paso que das tú sola…
 Hace dieciséis días que te echo tanto de menos que no me creo que esté a punto de volver a verte…
Ansiaba tus palabras, me estás acostumbrando a leerte con el alma y el corazón y ahora no puedo sobrevivir si no me regalas tus suspiros inspirados.

 Así que hoy sólo quería guardar en este rincón las palabras que me dedicaste hace dos días y que con tanto cariño recibí, porque sí, me hacía falta escucharlas.
 
“Lo que quiero es verte ya. Es hablarte, contarte, abrazarte, pero sobretodo, respirarte. Porque cuando te tengo cerca respiro de lo que irradias. Tu felicidad máxima viaja por el cielo y yo la quiero toda para mí. Por eso cuando estás a mi lado intento llenar mis pulmones de sonrisas, de caricias y de pequeños gestos que hacen que la vida sea un poco menos dura, menos incompleta, menos rutinaria....
Cuantísima falta me hacia decirte esto, espero que a ti te hiciera falta escucharlo. ILOVEU”

   



















Una vez me dijiste que si yo me quedara coja tu me llevarías a caballito a Varadero a bailar…lo que no sabes es que ya me haces bailar con tus palabras. Te quiero tantísimo Eva…






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