Quise enseñarte como se veía el mundo tras la cortina de mis pupilas, como algo corriente desvirtuaba en el más intenso y único de los momentos. Quería enseñarte como un trovador contaría nuestra historia por las irregulares calles de alguna ciudad perdida y como esa historia que en nuestros corazones atraca dispar, en los del resto del mundo aterrizaría como una espiral de empatía rebosante. Y mientras quise todas esas cosas me perdí en la idea de lo mucho que te quería a ti, abandonándome otra vez al resto del océano sin pensar en nuestra isla. Una isla que ahora que me siento como espectadora en la butaca y a oscuras para observarla, la veo más vacía y pequeña que nunca. Una isla que a cada centímetro, se ve desolada por el paso de las tormentas cálidas que prenden los bosques de agua clara y espesa. Me gustaría saber qué fue de las palmeras que nos mecían cada noche y nos guardaban del calor cada mañana. Saber por qué apenas quedan resquicios de la tierra sin ley que descubrimos entre tu mundo y el mío para ser libres.
Muchos son los interrogantes y las vacilaciones que me abruman en estos momentos, que me dejan perpleja, desconcertada y confusa, mirándome al espejo y sintiéndome como uno de esos escritores martirizados y acongojados del romanticismo que mueren por conferir prioridad a los sentimientos. Más bien, en este mismo instante de exaltación y dolor por la pérdida, dejo constancia de mi inacabada perfección en cada una de las agrupaciones morfosintácticas y semánticas de mi alma, entretanto que grito al mar en un último atisbo de encontrar nuestra isla.
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